El aula

Dr. Gustavo Pita Céspedes. Barcelona, España.

 

Los ojos me observaban grandes, inquisitivos, hermosos, con una familiaridad que primero me atrajo y, luego, me asustó. Yo era un niño de apenas unos diez años y sentía que la manera de mirar de aquella gente era como la de los amigos de mis hermanas mayores. Eran personas jóvenes y en su mirada me pareció ver de pronto el resplandor de la luna cubierta por las nubes. Entonces alguien me dijo que eran rostros de muertos. Su luz se había apagado precozmente hacía más de mil de años, pero todavía seguía encendida allí, en el nocturno parpadeo de aquellos ojos jóvenes que me observaban, ahora con nostalgia y añoranza, desde las coloridas tapas de unas cajas de muerto…

Era un día de otoño tardío y la ciudad junto al río parecía haber sido inundada de pronto por la hojarasca. Sentado en el autobús, con las manos cruzadas sobre el vientre, el viejo barbudo de la boina miraba por la ventanilla. Yo creía recordar haberlo visto hacía poco en esa misma pose en alguna parte. Quizás para olvidarme del peso de mis libros, me distraje observándolo y se me pasó la parada. Me bajé muy cerca de la plaza, y justo antes de cruzar el puente levadizo, volví a ver el edificio, cuya enorme fachada verde azulada parecía teñir anticipadamente el aire con la nostalgia invernal del verano. Entonces recordé que era allí donde días antes había estado mirando al viejo, sentado frente a mí con su boina y las manos entrelazadas sobre el regazo; por tanto tiempo que, luego, mientras continuaba el recorrido por la segunda planta del museo, sentía todavía en mis piernas el peso de su vejez, haciendo crujir con cada paso las tablas del entarimado…

Las ruinas del antiguo templo habían sido devueltas a la arena por la explosión. Ni siquiera después de muchos siglos el desierto había podido reconquistarlas. Eran hombres sedientos de desolación quienes se las habían entregado después de 1983 años a cambio de un reseco aliento. En 2015, pasados mis cincuenta, el dato me dejó pensando. «1983: el año de mi graduación.» 1983 años arrebatados a la entropía y al egoísmo para cristalizar el mundo en el que había podido graduarme de la universidad. Conviene de vez en cuando mirarse la cicatriz umbilical del alma y recordar que somos hijos de la historia. En Internet encontré la copia digital de un viejo libro. Justo en la mitad del siglo XVIII, un arquitecto italiano de treinta y siete años había viajado al desierto con tres jóvenes ingleses y apuntalado a tinta y lápiz para la posteridad las ruinas en meticulosos dibujos, convertidos después en grabados…

Sea la mocedad del rostro, salvada del naufragio del olvido en la superficie de un ataúd, o la frescura de la vivencia cosechada por el ojo y la mano del genio en cada surco de la piel ajada, o la perdurabilidad geométrica de líneas dibujadas que sobreviven al despedazamiento de volúmenes, pesos, durezas y densidades físicas, lo que siempre palpita detrás es la eterna juventud del arte, cuya madurez de visión no entiende de edades.

Todas estas reflexiones emergen en mi mente cuando desde Europa pienso hoy en mis alumnos de filosofía de la Facultad de Artes Plásticas del Instituto Superior de Arte de La Habana.

Empecé a frecuentar el ISA a finales de los años ochenta del pasado siglo XX. Por entonces, poco después de graduarme de una universidad soviética, trabajaba como aspirante a investigador de filosofía en un instituto de la Academia de Ciencias, y lo primero que me impresionó de los estudiantes del ISA, y de los alumnos de la Facultad de Artes plásticas en particular, fue su amor al trabajo y la calidez de su trato. Más tarde, cuando decidí cambiar de trabajo y empecé a ejercer como profesor en la institución, me impactó la madurez de su visión de la realidad social; una madurez que tenía seguramente sus fuentes en el sentido de responsabilidad que desde las edades más tempranas empieza a cultivar en los jóvenes la propia educación artística, pero sobre todo en su gran sensibilidad humana. Y era precisamente porque aquella sensibilidad encaraba la realidad frente a frente, que no podía dejar de percibir, como pude constatar desde mi primera clase, la artificiosidad de las verdades librescas y las consignas que aceptaban sin cuestionar muchos de los «académicos». «No en balde –solía recordar yo por entonces– la primera vocación del joven Marx fue la de hacerse poeta.» Y es que en los momentos cruciales de la historia de un país pobre como Cuba, la sensibilidad artística ha demostrado ser una de sus invaluables riquezas, porque ha estado siempre entre las principales premisas y fuerzas propulsoras de los grandes cambios. «El arte y no la filosofía es la autoconciencia de la cultura» enfatizaba en sus escritos mi maestro Moisei Samóilovich Kagán (1921-2006). A veces me he preguntado si la historia más reciente de Cuba no habría sido acaso bien distinta de haberse comprendido en su momento el grano de verdad que pudiera estar contenido en una aseveración tan cuestionable como esta, y si, incluso cuestionándola, no sería acaso lícito reconocer que en las condiciones específicas de Cuba ha sido el arte y no la filosofía el que ha tenido que asumir en ocasiones la función de autoconciencia filosófica de la cultura. En cualquier caso, sea errada o no esta presunción, personalmente siento que mis clases en el ISA resultaron para mí decisivas en mi formación filosófica y que fue en gran medida gracias a las conversaciones con mis estudiantes de artes plásticas que pude comprender por primera vez lo que significa pensar filosóficamente. Porque aquellos encuentros semanales en un aula perdida de la periferia habanera representaron para mí, primero, un choque y, luego, la intensa búsqueda de una armonía dialógica entre las intuiciones de mi propia sensibilidad y los conceptos que ante mis estudiantes sostenía mi razón.

Con los años, han empezado a dolerme más y más los monumentos bombardeados por los hombres, los conceptos estrangulados por consignas y las sensibilidades acribilladas por teorías de cualquier género.

Cuando en una Europa sacudida por oleadas de inmigrantes escucho hoy a los científicos alentar a los futuros refugiados de la Tierra con la noticia del agua que han hallado o pudieran hallar en algún otro planeta, no puedo dejar de pensar en Tales y de preguntarme si es que sólo de agua vive el Hombre y si el universo humano no está compuesto ante todo por la belleza de imágenes, sonidos y colores. Entonces sueño con una clase imaginaria en la que les pregunto a mis alumnos del ISA cómo creen que sería crear en Marte, cómo se percibirían allí los colores, las texturas y las formas, o cómo sonaría la música en algún otro punto del cosmos, ya demasiado lejos –irreversiblemente lejos– en tiempo y espacio de la Tierra.